Actuación proactiva, no reaccionaria. Por el CARDENAL ARZOBISPO DE VALENCIA D. ANTONIO CAÑIZARES

Nos encontramos a punto del comienzo de un nuevo año, momento de proyectos abiertos a la esperanza. Pero hay otros proyectos que no los hacemos nosotros, sino que se nos dan hechos, y de algunas maneras se nos imponen, a veces por fuerzas ocultas o impersonales. Ese parece que o se atisba por parte de esas fuerzas el que se intenta que se dé en España, dentro de un nuevo Orden Internacional. El proyecto, además de reclamar una nueva transición en España, parece que reclama también cambios sustanciales y subvertidores en la estructura social y cultural vigente. Con el proyecto se trata de impulsar o proseguir una, llamemos, revolución cultural, que últimamente se pretende radicalizar y acelerar particularmente en España. Pienso que no es privativo de España, aunque España sea utilizada como un escenario privilegiado e «influyente». Así, con pretensiones de una cierta universalidad, se potencia al mismo tiempo una inmediata y clara repercusión en Hispanoamérica.

El proyecto responde a una concepción ideológica basada en una ruptura antropológica radical y que, a mi entender, se asienta sobre algunos pilares básicos e interrelacionados: el relativismo moral, presentado, entre otras cosas, como «extensión de derechos», de nuevos derechos, e inseparable de una concepción del hombre como libertad omnímoda y de una ruptura con la tradición; el laicismo, que poco tiene que ver con una sana «laicidad» del Estado y de la sociedad; y la ideología de género, presentada como «igualdad y no discriminación» pero camuflando o ocultando la carga de profundidad y de destrucción humana que comporta. Se presenta, a su vez, como un proyecto de «modernización de España y de otros países». Usa ideas, fuerza y terminología «talismán»: paz, modernidad, igualdad, anticorrupción, extensión de derechos,… Es mucho más que un proyecto exclusivamente legislativo. Es también social, político y cultural: cambios legislativos, cambios sociales, cambios culturales, cambios estructurales, nuevas «Constituciones», finalizar el sistema vigente. Trata de transformar la realidad social y cultural de España o de esos otros países, pero también su identidad. Cuenta con apoyo mediático y con una red de organizaciones afines y mimadas. Encuentra, se diga o no se diga, en la Iglesia Católica como referente y en la familia como transmisor de un pozo de valores, sus principales obstáculos. Se trata, en síntesis, de un proyecto de transformación de una nueva sociedad con nuevas personas y nueva mentalidad que asuman con normalidad el laicismo, el relativismo y la ideología de género, como pilares; que implanten nuevas leyes «sociales », que expulsen a la Iglesia del espacio social; un proyecto no «local», sino universal); y con un nuevo orden. ¿Qué hacer ante esto? Ser proactivos y trabajar en defensa del hombre, de la persona, de lo humano, del bien común, inseparable de la persona y tan olvidado en el ámbito social y político.

El proyecto que parece se pretende imponer conlleva aparejada una crisis del hombre, de valores y principios morales, y de debilitamiento de instituciones tan básicas y fundamentales como la familia, la escuela, la universidad, los medios de comunicación… Cuando se pretende vivir por encima de las posibilidades de uno, cuando la ficción y la especulación se convierten en características intrínsecas del dinero, cuando se sitúa por encima de todo el dinero, cuando no cesan o se acrecientan los casos de corrupción, cuando prima el tener por encima del ser y nunca parece que se tiene en cuenta todos los ámbitos de tu vida lo suficiente, se está no solo explicando lo más sustancial del «proyecto », se está describiendo una crisis de valores, una crisis del ser, una crisis de humanidad. Cuando los índices de natalidad son los que son en Europa y especialmente en España, cuando la familia se ha cuarteado de la manera que vemos por la desfiguración de su verdad, por las rupturas familiares y los divorcios exprés, cuando el derecho a la vida atraviesa entre nosotros un momento enormemente crítico y la defensa de la vida no nacida o en fases delicadas se encuentra tan amenazada, cuando se ha pedido el sentido de la eternidad y de Dios y se cuartea la esperanza, o, incluso, cuando el fenómeno de la inmigración no constituye una expresión de generosidad europea sino más bien de egoísmo, cuando huimos de las reglas de las obligaciones, el ahorro de las verdades, y buscamos la comodidad, el dinero fácil, volvemos a encontrarnos de bruces ante una auténtica crisis de valores y la caída en el relativismo. Todo esto favorece el proyecto al que me he referido en este artículo y ante todo ello no podemos cerrar los ojos: algunos los tienen cerrados, hemos de actuar defendiendo lo auténticamente humano, o como dice el Papa Francisco: defender y luchar en pro de la ecología integral. Esto es actuar de manera proactiva, no reaccionaria.

Más allá de soluciones técnicas, económicas y financieras, sin duda necesarias e imprescindibles, nuestros auténticos problemas y males residen en las actitudes y comportamientos individuales. La falta de convicción, la debilidad de los valores propios, la cobardía, el miedo reverencial a un ambiente diferente, aparentemente dominante, constituyen enfermedades y males, y además tienen una enorme capacidad de contagio entre nosotros. La cobardía, el relativismo, el miedo al qué dirán, lo políticamente correcto, se contagian con enorme facilidad entre nosotros mismos. Si la actual crisis económica y financiera no sólo nos llena de incertidumbre, sino que, con seguridad, será larga y difícil de atajar su causa profunda, esta crisis de valores todavía es más y será más difícil de hacerle frente. Se pierde el sentido de la vida y con él la esperanza y la capacidad de afrontar las dificultades, no hay razones últimas para esperar, no hay esfuerzo ni capacidad de sacrificio para superar problemas.