Caso Villar: la frontera entre lo público y lo aparentemente privado. Por CARLOS CUESTA

El presidente de la Federación Española de Fútbol ha caído. Podía ser, incluso teniendo en cuenta algunos de los más famosos y odiados políticos españoles, uno de los hombres más criticados y acusados en la historia reciente de España. Y, desde luego, el más atacado de nuestro deporte contemporáneo.

Villar, inexplicablemente perpetuado en el cargo desde hace nada menos que veintinueve años, y rodeado desde el inicio de una fuerte polémica, ha convulsionado al deporte español con su detención. Pero resulta difícil saber si la sorpresa ha llegado por su arresto o, más bien, por el convencimiento de que tras casi treinta años de rumores y noticias incriminatoria, ya nunca sería detenido judicialmente. Porque, lo cierto, es que, incluso con el más absoluto respeto por la presunción de inocencia, resulta difícil no preguntarse como tras semejante listado de insinuaciones de todo tipo, nunca se había llegado hasta el final de ninguna de las acusaciones.

Hoy está en Soto del Real. Y no sólo él ha sido objeto de la operación policial y judicial: su hijo Gorka, el vicepresidente de la Federación, Juan Padrón, y otros directivos están siendo investigados por la Audiencia Nacional por diversos fraudes y presunto enriquecimiento ilícito procedente del desvío de fondos de la Federación y de comisiones ilegales.

Pero ¿cómo se ha llegado a una operación tan descomunal sin haber descubierto previamente indicios significativos que alertasen, por ejemplo, de la más mínima sospecha en actos tan poco disimulados como los partidos amistosos de la Selección Española de Fútbol?
Todavía es demasiado pronto para determinar las cuantías económicas que puedan estar afectadas. Y, desde luego, aún más para cargar contra nadie sin saber si las acusaciones que hoy se filtran en los medios tienen o no fundamento y pruebas contundentes .

Pero, más allá de la figura y actuación concretas de Villar, resulta complicado no recordar los cientos de comentarios, noticias y portadas que han puesto en tela de juicio el mundo de la Federación sin pensar que, quizás, esta extraña figura federativa, que ha permitido mezclar una organización privada con el uso continuado de fondos y negocios de fuerte apariencia pública, haya tenido algo que ver en este triste desenlace. Porque si de algo se han quejado distintas fuentes de los clubes a lo largo de demasiado tiempo es de la inmensa opacidad que ha rodeado a la Federación. Algo que el propio presidente de la LFP, Javier Tebas, no ha ocultado estos días y ha plasmado en la siguiente frase: “Hay que cambiar a las personas que han estado alrededor de Villar, que aparecen en las conversaciones telefónicas del auto del juez. Esa gente no puede continuar. […] Estamos ante una verdadera organización para cometer delitos y ahora tiene que venir gente fresca y con rigurosidad. […] Las sorpresas no han terminado”.

Desde los clubes hablan de décadas de procesos electivos y gestión convertidos en cruces de influencias, favores y pucherazos. De lustros de ausencia de control y falta de transparencia. Y no es cuestión de dar credibilidad a cada una de estas insinuaciones ciertamente nunca demostradas. Sino de que, es evidente, que el enrevesado mundo legal de la Federación de Fútbol ha permitido que, frente a estas afirmaciones, la respuesta más habitual fuese siempre el silencio. Porque su poder es inmenso. Casi tanto como su influencia y ausencia de control.

¿Cómo ha podido ser? La Federación es uno de esos extraños casos de gestión privada que vive, pese a ello, de percibir, en parte, fondos públicos y, desde luego, de lucrarse de un inmenso negocio difícilmente calificable de puramente privado. O, como afirma su propia definición oficial: “una entidad asociativa privada, si bien de utilidad pública”. Y es que resulta un tanto complicado buscar competencia a un negocio que gestiona los partidos de la selección nacional.

Bajo esta fórmula, los poderes de esta organización se dispararon, sin llevar nunca parejos unos controles proporcionales. A fin de cuentas, no era un ente público y su negocio hacía dudar de que pudiese quebrar con semejante maná ligado a su explotación monopolística. Así que, ¿para qué preocuparse? Si a todo ello se le suma la sensibilidad popular del fútbol y la ausencia de verdaderos chequeos en los procesos selectivos que han permitido a Villar permanecer al frente del organismo 29 años, el cóctel está servido.

Valgan como ejemplo, las once salvedades que el auditor puso a las cuentas del organismo en 2014: un documento que evidenciaba que en la Federación los criterios contables eran más que dudosos, tras detectar errores por nada menos que 82 millones. Gastos y subvenciones sin justificar, desembolsos imputados a ejercicios contables que no correspondían, anotaciones inexactas, todo ello formaba parte de un elenco de absoluta falta de control en una institución de la que depende, nada menos, que la Selección Española.
Y ese fue el caldo de cultivo que permitió que por las manos de la Federación fuesen pasando casos como el denominado FIFA Gate: con detención incluida, a primera hora de la mañana y en un lujoso hotel de Zúrich, de ocho directivos de la FIFA, la dimisión del número uno, Joseph Blatter, pero que ni rozó al vicepresidente Villar.

O el caso Recre y Marino: donde Miguel Cardenal, entonces presidente del Consejo Superior de Deportes (CSD), pidió, sin éxito, claro está, al Tribunal Administrativo del Deporte la apertura de expediente a Villar por un supuesto trato de favor a dos clubes, Recreativo de Huelva y el Deportivo Marino Tenerife-Sur.

O el caso Haití: por un dinero que no llegó, pese a que 220.000 euros iban destinados a la construcción de una escuela de fútbol en Haití.
¿Nada llamaba la atención? ¿O es que el apasionado ansia por perseguir la corrupción en la política se derretía cuando se entraba en el mundo del fútbol?

Artículo publicado en El Debate de Hoy por Carlos Cuesta.